lunes, 10 de abril de 2017

Un payaso trágico
Julio César Londoño
Se dice que el colombiano es apático, que no reacciona, que no protesta. Falso.
Por: Julio César Londoño
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Aquí siempre hay protestas. Uno siempre ve en las calles carteles y marchas gremiales, y encuentra reflejos de la realidad en el arte y en las telenovelas, y las páginas editoriales son un escenario permanente de debate de los problemas nacionales. Hay cientos de miles de personas que protestan (o reprimen) con violencia: el Ejército, la Policía, los paramilitares, los guerrilleros, la delincuencia común. Las cárceles están atestadas de personas nada apáticas. 
Las revoluciones de los últimos 50 años atomizaron el poder. Hasta hace poco, los destinos del país se decidían en una reunión de cuatro o cinco señores blancos en Bogotá: el director de El Tiempo, el jefe liberal y el jefe conservador, el cardenal primado y algún cacao. Este cónclave elegía a dedo el presidente, el presidente elegía a dedo los gobernadores y los gobernadores elegían a dedo sus alcaldes. Para completar el cuadro, los medios de comunicación eran órganos partidistas. La “rosca” perfecta.
El resultado fue pésimo, como evidencian la miseria y la violencia que este modelo de “participación” generó.
Hoy, el poder está fragmentado. Tienen altas cuotas de poder los negros, los indígenas, las mujeres, los blancos, los delfines, los transportadores, los narcos, los paracos, los guerrilleros, los Ñoños, las Gatas, los Vargas, Santos, Uribes y Gavirias. El resultado social es tan malo como el de los cinco blancos santafereños, pero al menos es un desastre más demócrata. La contemporánea es una tragedia en la que todos ponemos un granito de popis.
Lo que no ha cambiado, por desgracia, es la precaria formación política del ciudadano promedio, lo que se traduce en altos índices de abstención, electorado maleable, pésimas elecciones y electores arrepentidos, como los “noes”, por ejemplo.
No todos los votantes del No están arrepentidos, por supuesto. Hay “noes” firmes, como son firmes el odio, el miedo, los intereses económicos y el fanatismo político o religioso.
Por estas personas siento una confusa mezcla de rechazo y compasión, pero sus líderes solo inspiran asco. La historia jamás les perdonará su mezquindad y el arsenal de maniobras criminales que utilizaron para manipular a la gente más humilde y torpedear un proyecto urgente, una empresa de vida o muerte, un viejo sueño del país, la paz.
Uribe, para hablar del principal líder, nunca aceptó que estuviéramos en guerra, pero ahora hace hasta lo imposible por perpetuarla. En los últimos seis años ha despreciado de manera sistemática la Justicia colombiana, y ahora exige que se aplique con rigor esa misma Justicia… pero solo a los guerrilleros. Siempre dijo que no había recursos para los programas de reparación, pero nunca le pareció cara la guerra. Siempre se burló de las víctimas (“esos sujetos no andaban cogiendo café”) y ahora pretende ser su vocero y defensor. Siempre negó que hubiera desplazados (“son migrantes internos”, como todavía los llama José Obdulio), aunque fue durante su gobierno que se dispararon el despojo de tierras y el desplazamiento. Ningún ciudadano colombiano tiene más procesos penales abiertos, pero anda convertido en adalid de la moral.
Uribe centró su campaña por el No en la “ideología de género” y en la supuesta “entrega del país a las Farc”, pero desde el 3 de octubre no ha dicho una palabra sobre esas tremendas amenazas: la epidemia homosexual y el fantasma del comunismo.
Por estos perversos disparates, y por otros que no cabrían en todo el periódico, Uribe pasará a la historia como el payaso más nefasto de nuestra nefasta historia.



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